111011 - Buenos Aires

sábado 27 de agosto de 2011
10 de la noche.
El colectivo frenó en una de las paradas ya designadas de la calle Osvaldo Cruz, una de las calles que encierra a la Villa 21-24 de Barracas.
El muchacho que estuvo todo el recorrido parado al lado de la puerta, porque no había otro lugar donde pararse, se bajó ahí. Lo seguí con la mirada porque me dio la impresión de que iba escuchando metal, ya que zarandeaba la cabeza para todos lados.
Pegó el saltito desde el colectivo y enfiló hacia la esquina. Una persona apareció de atrás y le tiró de la mochila, como para arrancársela.
Se me sobresaltó el corazón un instante. Miedo quizás. Pero duró un segundo.

Y me sentí pésimo. Me sentí pésimo porque miré para otro lado; porque me pareció "lógico", "normal", "evidente", "esperado", que ocurriera. Entonces no me sorprendió. O me sorprendió, lo que mi cabeza necesitó para identificar dónde estaba. Por dónde estaba pasando. Dónde vivía. Recordar el día a día. Recordar cada tapa de diario, cada nota en el noticiero, cada comentario en la verdulería, cada historia en el trabajo.

Las semanas que pasé en Santiago de Chile conocí muchos extranjeros. Durante la semana me quedaba en un hotel 5 estrellas en el barrio Las Condes, pero los fines de semana, asqueada de tanto lujo innecesario (que sabemos que es vulgaridad), me iba un hostel del barrio Manuel Montt, cerca de Providencia.
Ahí siempre era la única argentina. Y cuando los franceses, los alemanes, los españoles y los chilenos mismos escuchaban mi "ye", se deshacían en halagos para Buenos Aires.

Yo venía de haber recorrido San Pablo, unas cuantas veces. De haber paseado por Petrópolis. De pasar unos días en Santa Cruz Do Sul. De manejar por Riviera Maya y de comprar sahumerios por Puerto Iguazú. De comer en la 5ta Avenida en Playa del Carmen y de desayunar en Ocean Drive en Miami. De caminar por rutas de Orlando buscando drogas para mi migraña.
Y de estar planeando con mi hermana, mi viaje de mochilera por El Calafate y El Chaltén (Perú estaba muy caro) aprovechando, mate a mate, que me contara sus historias tras haberse pasado un mes recorriendo Europa; viaje que debo hacer antes de dejar este mundo terrenal.

Y no entendía. ¿Por qué ellos ven lo que yo no, de Buenos Aires? ¿Por qué ellos no ven la basura acumulada en la esquina de Maipú y Lavalle, que yo veo todos los días? ¿Ellos no se encastraron un taco en las veredas rotas de la avenida Alem? ¿No abollaron el cubre cárter de su auto en la avenida San Martín? ¿No los puteó un travesti por Palermo? ¿No los golpeó una cartonera en Retiro? ¿Un taxista nunca se les quiso propasar? Seguro tampoco estuvieron 10 minutos a pleno bocinazo en un peaje.

La respuesta más veloz de cualquiera, sería que yo veo todo eso porque vivo en Buenos Aires hace 25 años. Y puede ser. Fui y soy turista en varias ciudades del mundo; y cada vez que salgo del país, no quiero volver. Porque acá todo es gris. El aire es gris. Las calles son grises. Los edificios son grises. La gente es gris. No logro entender cómo es que la gente disfruta de estos paisajes.

Me llena de bronca, de impotencia, de vergüenza, que gente de otros países encuentre a una Buenos Aires así. Que encuentre bonaerenses así. Porque la ciudad la hacemos y la deshacemos todos. Porque puede que las calles estén rotas, se rompen. Pero la basura en ellas, la deja la gente. Porque el que frena el auto sobre la senda peatonal, es el conductor. El que te atiende de mala manera, es el empleado del local. El que tira todos los boletos cortados a la calle en plena estación, es el colectivero. Los de los bocinazos, son los histéricos de las calles. Los de los grafitties en las fachadas, son las personas.

En Las Condes, en Santiago, hay hasta ceniceros en las calles. Pero el cenicero no es el que logra que la calle esté libre de colillas, sino la gente, que se preocupa por apagar su cigarrillo ahí.
En San Pablo, se opta por salir a tomar algo con compañeros de trabajo o amigos, para esperar que pase la rush hour Paulista tan famosa. Y aún así, el que decide regresar a casa a las 6 en punto de la tarde, sabe lo que le espera. Y lo toma de otra manera.
En todo el estado de Florida en Estados Unidos, se frena a cero en todas las esquinas. Haya peatones esperando para cruzar, o no.
En Puerto Iguazú no hay esquina sin un tacho de basura. Y si no lo hubiera, tampoco habría basura.

Es increíble cómo cambia una ciudad cuando está limpia. Cómo cambia la percepción de cada uno cuando es así. ¿O acaso Recoleta seguiría siendo Recoleta si estuviese plagada de autos abandonados y basura en llamas en cada esquina? Así como el centro viejo de Santiago o San Pablo no genera lo mismo que el barrio Bellavista o Vila Madalena.

Mi primer novio vivía a escasas cuadras del viejo batallón Viejo Bueno, en los fondos de Monte Chingolo. Invito a todo el mundo a tan solo recorrer el lugar desde Google Earth. Nadie en su sano juicio entraría a un lugar así por motus propio y, sin embargo, es un barrio de gente carenciada y olvidada, tan solo eso.
Inseguridad, hay. Mucha y por todos lados. Pero si a eso le sumamos que evitamos transitar ciertos barrios, solamente por cómo lucen, no salimos más de nuestra periferia.

Y la histeria. La histeria bonaerense. La mala onda. Las malas formas. El "yo, primero". El ventajismo. El vivir apurado. El vivir preocupado. El caminar llevándose gente por delante. El tirarte el auto encima. El romperte el tímpano a bocinazos y cegarte con las luces. La puteada si no das una moneda. El acoso por vestir una pollera. Los colados en la cola del colectivo. Los trapitos. La envidia. La violencia física y psíquica de todos los días. La contaminación ambiental. La contaminación sonora.

A mi no me dan ganas de Buenos Aires. A mi me da tristeza Buenos Aires.

3 comentarios:

Hernán dijo...

Gracias. Me asombra que pienses tan -pero tan- igual que yo, o viceversa, y si no te molesta lo voy a aprovechar: hago mías tus palabras.

Frau Eva dijo...

:)
Te mandé un mensajito el otro día. Cambiaste el celu?

Hernán dijo...

Acertaste! Qué preceptiva!
¿Vos también lo cambiaste?

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