Estacionó en una calle un tanto oscura y apagó el motor. Hablamos unos minutos hasta que me di cuenta que me estaba besando. De alguna forma mis manos terminaron en su pelo y su nuca, y el beso se fue tornando más y más apasionado.
Cada tanto me soltaba. Se serenaba. Llevaba sus manos al volante y decía que tenía que irse. Pero al instante volvía sobre mi. Y mis manos aprovechaban para acariciar sus brazos... brazos firmes y marcados. Antes pasando por el abdómen, ineludible invitación a la lujuria.
No sabía qué hacer con las suyas; me acariciaba el rostro y bajaba hasta llegar a mis piernas. Volvía a serenarse. Y volvía sobre mi.
Le sonreía burlona; disfrutaba de su clara desesperación. El se enojaba... y volvía sobre mi.
Minutos que parecieron horas pasaron. El motor nuevamente en marcha. Y volvíamos a la puerta de mi casa.
"Andá, por favor... andá", se despedía.
Y al despertar me pregunté por qué sentía perfume de hombre sobre mi.

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